Desplácese hacia abajo para español

By Miriam Kerness, QUALITYstarsNY Quality Improvement Specialist, Mid-Hudson
The desire to keep oneself safe is perhaps the most basic of all instincts. It’s hard-wired in.
The amygdala is the small structure in the brain responsible for processing emotions, particularly fear and aggression. It watches for anything that might be harmful. When it senses stress or danger, it can trigger the body’s fight, flight, or freeze response.
We’re familiar with our own amygdala, and may even appreciate it, as it comes in handy on a busy highway or if we sense danger anywhere. It helps us stay safe, as well as those we love and care for.
But what about a child’s amygdala? A child’s brain will experience fear in your classroom or program when the amygdala is activated, despite your efforts to provide a safe oasis of learning. That can be upsetting to us (and to them!) as the child will seem unable to respond calmly or learn anything!
Does this sound familiar?
The day is going smoothly. Suddenly, Sarah screams when her 3-year-old classmate simply joins her in the block area. You go there and explain (again), “Blocks are for everyone.” Sarah keeps screaming. “Why?” you ask yourself. There are other toys available, and we’ve discussed sharing. You may even think, “What an overreaction!” and feel exasperated.
What one might see as refusal to cooperate or unkind behavior can actually be an “amygdala hijack”. That’s when, during a time of stress, the amygdala takes over and learning stops. Sarah’s brain senses danger, and her amygdala is reacting as it’s designed to. While the amygdala’s job is critical to keeping us alive, it sometimes makes mistakes. There is no actual danger, but Sarah’s brain says there is. Her whole body will react to the danger her amygdala told her is there.
A teacher or provider might think, “Why would a child feel unsafe in my program? I follow regulations, have soft spaces and no tripping hazards. We are in ratio. There are no choking hazards. I watch over my children carefully each day.”
But physical safety isn’t the only kind of safety that is critically important for young children’s healthy brain development. They, like us adults, need emotional safety. When we see children’s behaviors as a reaction to a flood of fear, rather than as their poor “choice”, we can choose a response that calms the amygdala. Consoling a distraught child is even more difficult if our own tempers start to rise. Therefore, it’s important to stop for a moment of calm before responding.

Strategies to “Calm Down” the Amygdala and Make the Child Feel Safe Again
- Our voice. Speak calmly. Just because they’re frightened doesn’t mean we have to be. Our calm voice sends them a message: “perhaps I am safe after all”.
- Breathing. Why would breathing help? Part of the “fight or flight” fear response is increased, rapid breathing. Taking deep breaths sends a message to the brain that we can’t possibly be under attack—we wouldn’t be breathing this slowly if we were in danger! (see Resource 1)
- Create Predictability. The amygdala is stimulated by unpredictability. It often interprets uncertainty itself as a potential threat, triggering a stress response. Having consistent caregiver-child relationships is one key to a healthy brain. When changes (in staff, in classroom, or in routines) inevitably occur, help a child understand.
- Warm Relationships. Warm and responsive relationships are crucial to healthy brain development. There is no learning when the child feels unsafe. Calm the amygdala by connecting with each child. (see Resources 2 & 3)
- Take it outdoors! Being in nature calms the amygdala and aids concentration. Children are better able to self-regulate. There is space, and options for play. It can help us, too! (see Resource 4)
Understanding the amygdala and responding with empathy to the child’s “amygdala hijack” is critical. It can help a child manage their emotions and behavior now, and for an entire lifetime. The amygdala is not under our (or children’s) conscious control. It reacts even if there is no tangible or physical threat present. When we understand this, we view children’s behavior in a very different way! We can help children go from “survival brain” back to learning brain, and that is where they’re meant to be.
Resources for further reading:
- Self-Regulation Skills: Breathing Strategies (from the National Center for Pyramid Model Innovations’ Resource Library)
- Serve and Return Interactions
- Caring Relationships: The Heart of Early Brain Development
- The Child’s Brain and the Outdoors
«Aquí estás seguro» – Calmar la amígdala para que el niño pueda aprender

Por Miriam Kerness, Especialista en Mejoramiento a la Calidad de QUALITYstarsNY, Mid-Hudson
El deseo de mantenerse a salvo es quizá el más básico de todos los instintos. Es algo innato.
La amígdala es la pequeña estructura del cerebro encargada de procesar las emociones, sobre todo el miedo y la agresividad. Está atenta a cualquier cosa que pueda ser dañina. Cuando detecta estrés o peligro, puede desencadenar la respuesta de lucha, huida o congelación.
Estamos familiarizados con nuestra propia amígdala, e incluso podemos apreciarla, ya que nos resulta útil en una autopista con mucho tráfico o si percibimos peligro en cualquier lugar. Nos ayuda a mantenernos a salvo, al igual que a nuestros seres queridos.
Pero, ¿qué ocurre con la amígdala de un niño? El cerebro de un niño experimentará miedo en su aula o programa cuando se active la amígdala, a pesar de sus esfuerzos por proporcionarle un oasis seguro de aprendizaje. Eso puede ser perturbador para nosotros (¡y para ellos!); ¡el niño parecerá incapaz de responder con calma o de aprender nada!
¿Le suena familiar?
El día va sobre ruedas. De repente, «Sarah» grita cuando su compañera de 3 años simplemente se une a ella en la zona de bloques. Usted va allí y le explica (otra vez) «Los bloques son para todos». Sarah sigue gritando.
«¿Por qué?», te preguntas. Hay otros juguetes disponibles y ya hemos hablado de compartir. Incluso puedes pensar «¡Qué reacción tan exagerada!» y sentirte exasperado.
Lo que podría verse como una negativa a cooperar o un comportamiento poco amable puede ser en realidad un «secuestro de la amígdala». Esto ocurre cuando, en un momento de estrés, la amígdala «toma el control» y el aprendizaje se detiene. El cerebro de Sarah detecta el peligro y su amígdala reacciona como debe. Pero aunque el trabajo de la amígdala es fundamental para mantenernos con vida, a veces comete errores. No hay un peligro «real», pero el cerebro de Sarah dice que lo hay. Todo su cuerpo reaccionará ante el peligro que su amígdala le ha dicho que existe.
Un profesor o proveedor podría pensar: “¿Por qué iba a sentirse inseguro un niño en mi programa? Cumplo las normas, tengo espacios blandos y no hay peligro de tropiezos. Estamos en proporción. No hay peligro de asfixia. Vigilo a mis niños cuidadosamente cada día”.

Pero la seguridad física no es el único tipo de seguridad de importancia crítica para el desarrollo sano del cerebro de los niños pequeños. Ellos, como nosotros los adultos, necesitan seguridad emocional. Y cuando vemos los comportamientos de los niños como una reacción a una avalancha de miedo, en lugar de como su mala «elección», podemos elegir una respuesta que calme la amígdala. Consolar a un niño angustiado es aún más difícil si nuestros propios ánimos se caldean. Por eso, es importante detenerse un momento antes de responder.
Estrategias para «calmar» la amígdala, haciendo que el niño vuelva a sentirse seguro
- Nuestra voz. Hablar con calma. Que ellos estén asustados no significa que nosotros tengamos que estarlo. Nuestra voz calmada les envía un mensaje: «quizás esté a salvo después de todo».
- Respirar. ¿Por qué puede ayudar la respiración? Parte de la respuesta al miedo de «lucha o huye» es una respiración acelerada. Respirar hondo envía al cerebro el mensaje de que es imposible que nos estén atacando: no respiraríamos tan despacio si estuviéramos en peligro. (véase el Recurso 1)
- Crear previsibilidad. La imprevisibilidad estimula la amígdala. A menudo interpreta la propia incertidumbre como una amenaza potencial, desencadenando una respuesta de estrés. Una de las claves de un cerebro sano es que las relaciones entre cuidadores y niños sean constantes. Cuando inevitablemente se produzcan cambios (en el personal, en el aula o en las rutinas), ayude al niño a entenderlos.
- Relaciones cálidas. Las relaciones cálidas y receptivas son cruciales para un desarrollo sano del cerebro. No hay aprendizaje cuando el niño se siente inseguro. Calme la amígdala conectando con cada niño. (véanse los recursos 2 y 3)
- ¡Salga al aire libre! Estar en la naturaleza calma la amígdala y favorece la concentración. Los niños son más capaces de autorregularse. Hay espacio y opciones para jugar. También puede ayudarnos a nosotros. (véase el Recurso 4)
Comprender la amígdala y responder con empatía al «secuestro de la amígdala» del niño es fundamental. Puede ayudar al niño a gestionar sus emociones y su comportamiento ahora y durante toda su vida. La amígdala no está bajo nuestro control consciente (ni el de los niños). Reacciona aunque no exista una amenaza tangible o física. Cuando entendemos esto, vemos el comportamiento de los niños de una manera muy diferente. Podemos ayudar a los niños a pasar del «cerebro de la supervivencia» al cerebro del aprendizaje, que es donde deben estar.
Recursos para una lectura más profunda:
- Habilidades de autorregulación: estrategias de respiración (del Centro Nacional para las Innovaciones del Modelo Piramidal, Biblioteca de recursos)
- Interacciones de servicio y devolución
- Las relaciones afectuosas: el corazón del desarrollo temprano del cerebro
- El cerebro del niño y el aire libre